Los Hechos de los Apóstoles Capítulo 38—La prisión de Pablo
Hechos 21:17-40
Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos; a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. Cuando ellos lo oyeron, glorificaron a Dios, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto. Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley. Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos. Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, dando voces: ¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar; y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar. Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, de Efeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo. Así que toda la ciudad se conmovió, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, le arrastraron fuera del templo, e inmediatamente cerraron las puertas. Y procurando ellos matarle, se le avisó al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada. Este, tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y cuando ellos vieron al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Entonces, llegando el tribuno, le prendió y le mandó atar con dos cadenas, y preguntó quién era y qué había hecho. Pero entre la multitud, unos gritaban una cosa, y otros otra; y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza. Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud; porque la muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando: ¡Muera! Cuando comenzaron a meter a Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto los cuatro mil sicarios? Entonces dijo Pablo: Yo de cierto soy hombre judío de Tarso, ciudadano de una ciudad no insignificante de Cilicia; pero te ruego que me permitas hablar al pueblo. Y cuando él se lo permitió, Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo. Y hecho gran silencio, habló en lengua hebrea, diciendo:(RVR)
Hechos 22:1-30
Varones hermanos y padres, oíd ahora mi defensa ante vosotros. Y al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron más silencio. Y él les dijo: Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros. Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados. Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues. Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo. Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas. Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco. Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban, vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella misma hora recobré la vista y lo miré. Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre. Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí. Yo dije: Señor, ellos saben que yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. Pero me dijo: Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles. Y le oyeron hasta esta palabra; entonces alzaron la voz, diciendo: Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva. Y como ellos gritaban y arrojaban sus ropas y lanzaban polvo al aire, mandó el tribuno que le metiesen en la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él. Pero cuando le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin haber sido condenado? Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? Porque este hombre es ciudadano romano. Vino el tribuno y le dijo: Dime, ¿eres tú ciudadano romano? El dijo: Sí. Respondió el tribuno: Yo con una gran suma adquirí esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le iban a dar tormento; y aun el tribuno, al saber que era ciudadano romano, también tuvo temor por haberle atado. Al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio, y sacando a Pablo, le presentó ante ellos.(RVR)
Hechos 23:1-35
Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy. El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca. Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear? Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo. Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas. Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Dios. Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó que bajasen soldados y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza. A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma. Venido el día, algunos de los judíos tramaron un complot y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo. Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración, los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: Nosotros nos hemos juramentado bajo maldición, a no gustar nada hasta que hayamos dado muerte a Pablo. Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le traiga mañana ante vosotros, como que queréis indagar alguna cosa más cierta acerca de él; y nosotros estaremos listos para matarle antes que llegue. Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la celada, fue y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo. Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: Lleva a este joven ante el tribuno, porque tiene cierto aviso que darle. El entonces tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese ante ti a este joven, que tiene algo que hablarte. El tribuno, tomándole de la mano y retirándose aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que tienes que decirme? El le dijo: Los judíos han convenido en rogarte que mañana lleves a Pablo ante el concilio, como que van a inquirir alguna cosa más cierta acerca de él. Pero tú no les creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales se han juramentado bajo maldición, a no comer ni beber hasta que le hayan dado muerte; y ahora están listos esperando tu promesa. Entonces el tribuno despidió al joven, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto. Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesarea; y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el gobernador. Y escribió una carta en estos términos: Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, aprehendido por los judíos, y que iban ellos a matar, lo libré yo acudiendo con la tropa, habiendo sabido que era ciudadano romano. Y queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos; y hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito tenía digno de muerte o de prisión. Pero al ser avisado de asechanzas que los judíos habían tendido contra este hombre, al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tengan contra él. Pásalo bien. Y los soldados, tomando a Pablo como se les ordenó, le llevaron de noche a Antípatris. Y al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la fortaleza. Cuando aquéllos llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él. Y el gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era; y habiendo entendido que era de Cilicia, le dijo: Te oiré cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le custodiasen en el pretorio de Herodes.(RVR)
Hechos 18:1-28
Después de estas cosas, Pablo salió de Atenas y fue a Corinto. Y halló a un judío llamado Aquila, natural del Ponto, recién venido de Italia con Priscila su mujer, por cuanto Claudio había mandado que todos los judíos saliesen de Roma. Fue a ellos, y como era del mismo oficio, se quedó con ellos, y trabajaban juntos, pues el oficio de ellos era hacer tiendas. Y discutía en la sinagoga todos los días de reposo, y persuadía a judíos y a griegos. Y cuando Silas y Timoteo vinieron de Macedonia, Pablo estaba entregado por entero a la predicación de la palabra, testificando a los judíos que Jesús era el Cristo. Pero oponiéndose y blasfemando éstos, les dijo, sacudiéndose los vestidos: Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza; yo, limpio; desde ahora me iré a los gentiles. Y saliendo de allí, se fue a la casa de uno llamado Justo, temeroso de Dios, la cual estaba junto a la sinagoga. Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados. Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad. Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios. Pero siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal, diciendo: Este persuade a los hombres a honrar a Dios contra la ley. Y al comenzar Pablo a hablar, Galión dijo a los judíos: Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh judíos, conforme a derecho yo os toleraría. Pero si son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros; porque yo no quiero ser juez de estas cosas. Y los echó del tribunal. Entonces todos los griegos, apoderándose de Sóstenes, principal de la sinagoga, le golpeaban delante del tribunal; pero a Galión nada se le daba de ello. Mas Pablo, habiéndose detenido aún muchos días allí, después se despidió de los hermanos y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila, habiéndose rapado la cabeza en Cencrea, porque tenía hecho voto. Y llegó a Efeso, y los dejó allí; y entrando en la sinagoga, discutía con los judíos, los cuales le rogaban que se quedase con ellos por más tiempo; mas no accedió, sino que se despidió de ellos, diciendo: Es necesario que en todo caso yo guarde en Jerusalén la fiesta que viene; pero otra vez volveré a vosotros, si Dios quiere. Y zarpó de Efeso. Habiendo arribado a Cesarea, subió para saludar a la iglesia, y luego descendió a Antioquía. Y después de estar allí algún tiempo, salió, recorriendo por orden la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos. Llegó entonces a Efeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído; porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.(RVR)
Este capítulo está basado en Hechos 21:17 a 23:35.
“Y cuando llegamos a Jerusalem, los hermanos nos recibieron de buena voluntad. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a Jacobo, y todos los ancianos se juntaron.”
En esa ocasión Pablo y sus acompañantes presentaron formalmente a los dirigentes de la obra en Jerusalén las contribuciones enviadas por las iglesias gentiles para el sostén de los pobres entre sus hermanos judíos. El juntar estas contribuciones había costado al apóstol y a sus colaboradores mucho tiempo, mucha reflexión ansiosa y labor cansadora. La suma, que excedía en mucho a las expectativas de los ancianos de Jerusalén, representaba mucho sacrificio y aun severas privaciones de parte de los creyentes gentiles.
Estas ofrendas voluntarias expresaban la lealtad de los conversos gentiles a la obra de Dios organizada en todo el mundo, y todos debieran haberlas recibido con agradecimiento. Sin embargo, era evidente para Pablo y sus acompañantes, que aun entre aquellos delante de los cuales estaban en ese momento, había quienes eran incapaces de apreciar el espíritu de amor fraternal que había inspirado esos donativos.
En los primeros años del trabajo evangélico entre los gentiles, algunos de los principales hermanos de Jerusalén, aferrándose a anteriores prejuicios y modos de pensar, no habían cooperado de corazón con Pablo y sus asociados. En su ansiedad por conservar algunas formas y ceremonias carentes de significado habían perdido de vista las bendiciones que les reportaría a ellos y a la causa que amaban un esfuerzo por unir en una todas las fases de la obra de Dios. Aunque deseosos de proteger los mejores intereses de la iglesia de Cristo, habían dejado de mantenerse al paso con la marcha de las providencias de Dios, y en su sabiduría humana, trataban de imponer a los obreros muchas restricciones innecesarias. Así se levantó un grupo de hombres que no conocían personalmente las circunstancias cambiantes y las necesidades peculiares afrontadas por los obreros en los países distantes, pero quienes insistían, sin embargo, en que tenían autoridad para ordenar a los hermanos de esos países que siguieran ciertos métodos determinados de trabajo. Creían que la obra de predicar el Evangelio debía hacerse de acuerdo con sus opiniones.
Varios años habían pasado desde que los hermanos de Jerusalén, con los representantes de otras iglesias principales, habían considerado cuidadosamente las serias cuestiones que se habían suscitado en cuanto a los métodos seguidos por los que trabajaban por los gentiles. Como resultado de ese concilio, los hermanos habían hecho unánimemente ciertas recomendaciones a las iglesias referentes a algunos ritos y costumbres, inclusive la circuncisión. En ese concilio general, los hermanos habían recomendado a las iglesias cristianas y con la misma unanimidad a Bernabé y Pablo como colaboradores dignos de la plena confianza de cada creyente.
Entre los que estaban presentes en aquella reunión, había algunos que habían criticado severamente los métodos de labor seguidos por los apóstoles sobre quienes pesaba la principal responsabilidad de llevar el Evangelio a los gentiles. Pero durante el concilio, sus conceptos del propósito de Dios se habían ampliado, y ellos se habían unido con sus hermanos para tomar varias decisiones que hacían posible la unificación de todo el cuerpo de creyentes.
Después, cuando se vió que crecía rápidamente el número de conversos entre los gentiles, algunos de los principales hermanos radicados en Jerusalén volvieron a acariciar sus anteriores prejuicios contra los métodos de Pablo y sus asociados. Estos prejuicios se fortalecieron con el transcurso de los años, hasta que algunos de los dirigentes llegaron a la conclusión de que la obra de predicar el Evangelio debía realizarse desde entonces de acuerdo con sus propias ideas. Si Pablo conformaba sus métodos a ciertos planes de acción que ellos defendían, reconocerían y apoyarían su trabajo; de otra manera, no le considerarían más con favor ni le apoyarían.
Estos hombres habían perdido de vista el hecho de que Dios es el Maestro de su pueblo; que todo obrero de su causa ha de adquirir una experiencia individual en pos del divino Dirigente, sin mirar al hombre en procura de dirección; que sus obreros deben ser amoldados y moldeados, no de acuerdo con ideas humanas, sino según la similitud con lo divino.
En su ministerio, el apóstol Pablo había enseñado a la gente no “con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder.” Las verdades que proclamaba le habían sido reveladas por el Espíritu Santo; “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.... Lo cual—declaró Pablo—también hablamos, no con doctas palabras de humana sabiduría, mas con doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” 1 Corintios 2:4, 10-13.
Durante todo su ministerio, Pablo había mirado a Dios en procura de su dirección personal. Al mismo tiempo había tenido mucho cuidado de trabajar de acuerdo con las decisiones del concilio general de Jerusalén; y como resultado, las iglesias “eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en número cada día.” Hechos 16:5. Y ahora, no obstante la falta de simpatía que algunos le demostraban, se consolaba al saber que había cumplido su deber fomentando en sus conversos un espíritu de lealtad, generosidad y amor hermanable, según lo revelaban en esta ocasión por las liberales contribuciones que pudo colocar ante los ancianos judíos.
Después de la presentación de las ofrendas, Pablo “contó por menudo lo que Dios había hecho entre los Gentiles por su ministerio.” Esta enumeración de hechos produjo en todos los corazones, aun en los que habían dudado, la convicción de que la bendición del cielo había acompañado sus labores. “Y ellos como lo oyeron, glorificaron a Dios.” Sintieron que los métodos de trabajo seguidos por el apóstol llevaban el sello del cielo. Las generosas contribuciones que tenían delante añadían peso al testimonio del apóstol en cuanto a la fidelidad de las nuevas iglesias establecidas entre los gentiles. Los hombres que, mientras figuraban entre los encargados de la obra en Jerusalén, habían insistido en que se tomaran medidas arbitrarias de control, vieron desde un nuevo punto de vista el ministerio de Pablo, y se convencieron de que era su propio proceder el equivocado; que ellos habían sido esclavos de las costumbres y tradiciones judías, y que la obra del Evangelio había sido grandemente estorbada porque no habían comprendido que la muralla de separación entre los judíos y gentiles había sido derribada por la muerte de Cristo.
Se ofrecía una áurea oportunidad a todos los hombres dirigentes de confesar francamente que Dios había obrado por medio del apóstol Pablo y que ellos habían errado al permitir que los informes de los enemigos despertaran sus celos y prejuicios. Pero en lugar de unirse en un esfuerzo por hacer justicia al perjudicado, le dieron un consejo que mostraba el sentimiento todavía acariciado por ellos de que Pablo debía ser considerado en alto grado responsable por los prejuicios existentes. No tomaron noblemente su defensa ni se esforzaron por mostrar su error a los desafectos, sino que trataron de hacerle transigir aconsejándole que siguiera un proceder que, en su opinión, haría desaparecer todo lo que fuese causa de aprensión errónea.
“Ya ves, hermano—dijeron, en respuesta a su testimonio,—cuántos millares de Judíos hay que han creído; y todos son celadores de la ley: mas fueron informados acerca de ti, que enseñas a apartarse de Moisés a todos los Judíos que están entre los Gentiles, diciéndoles que no han de circuncidar a los hijos, ni andar según la costumbre. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto: porque oirán que has venido. Haz pues esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen voto sobre sí: tomando a éstos contigo, purifícate con ellos, y gasta con ellos, para que rasuren sus cabezas, y todos entiendan que no hay nada de lo que fueron informados acerca de ti; sino que tú también andas guardando la ley. Empero cuanto a los que de los Gentiles han creído, nosotros hemos escrito haberse acordado que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo que fuere sacrificado a los ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación.”
Los hermanos esperaban que Pablo, al seguir el proceder aconsejado, pudiera contradecir en forma decisiva los falsos informes concernientes a él. Le aseguraron que la decisión del concilio anterior respecto a los conversos gentiles y a la ley ceremonial, estaba todavía en vigencia. Pero el consejo que le daban ahora no estaba de acuerdo con aquella decisión. El Espíritu de Dios no había sugerido esta instrucción; era el fruto de la cobardía. Los dirigentes de la iglesia de Jerusalén sabían que por no conformarse a la ley ceremonial, los cristianos se acarrearían el odio de los judíos y se expondrían a la persecución. El Sanedrín estaba haciendo todo lo que podía para impedir el progreso del Evangelio. Ese cuerpo escogía a hombres para que siguieran a los apóstoles, especialmente a Pablo, y se opusieran de toda forma posible a su obra. Si los creyentes en Cristo fueran condenados ante el Sanedrín como transgresores de la ley, serían rápida y severamente castigados como apóstatas de la fe judía.
Muchos de los judíos que habían aceptado el Evangelio tenían todavía en alta estima la ley ceremonial, y estaban muy dispuestos a hacer concesiones imprudentes, esperando ganar así la confianza de sus compatriotas, quitar su prejuicio y ganarlos a la fe de Cristo como Redentor del mundo. Pablo comprendía que mientras muchos de los miembros dirigentes de la iglesia de Jerusalén continuaran abrigando prejuicios contra él, tratarían constantemente de contrarrestar su influencia. Tenía la impresión de que si por alguna concesión razonable pudiera ganarlos a la verdad, podría quitar un gran obstáculo para el éxito del Evangelio en otros lugares. Pero no estaba autorizado por Dios para concederles tanto como ellos pedían.
Cuando pensamos en el gran deseo que tenía Pablo de estar en armonía con sus hermanos, en su ternura por los débiles en la fe, en su reverencia por los apóstoles que habían estado con Cristo, y hacia Santiago, el hermano del Señor, y en su propósito de llegar a ser todo para todos, siempre que esto no le obligara a sacrificar sus principios, no nos sorprende tanto que se sintiese constreñido a desviarse del curso firme y decidido que hasta entonces había seguido. Pero en vez de lograr el propósito deseado, sus esfuerzos de conciliación sólo precipitaron la crisis, apresuraron sus predichos sufrimientos, y le separaron de sus hermanos, de modo que la iglesia quedó privada de uno de sus más fuertes pilares, y los corazones cristianos de todas partes se llenaron de tristeza.
Al día siguiente Pablo empezó a llevar a cabo los consejos de los ancianos. Los cuatro hombres que estaban bajo el voto del nazareato, cuyo término estaba a punto de expirar, fueron introducidos por Pablo en el templo, “para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, hasta ser ofrecida ofrenda por cada uno de ellos.” Debían ofrecerse aún por la purificación ciertos sacrificios costosos.
Aquellos que habían aconsejado a Pablo que tomara esta medida no habían considerado plenamente el gran peligro al cual se expondría así. Por entonces Jerusalén estaba llena de adoradores procedentes de muchos países. Cuando, en cumplimiento de la comisión que Dios le diera, Pablo había llevado el Evangelio a los gentiles, había visitado muchas de las mayores ciudades del mundo, y era bien conocido por miles que desde regiones extranjeras habían acudido a Jerusalén para asistir a las fiestas. Entre éstos había hombres cuyos corazones estaban llenos de verdadero odio contra Pablo; y para él, entrar en el templo en una ocasión pública era poner en peligro su vida. Por varios días entró y salió entre los adoradores al parecer sin ser notado; pero antes que terminara el período especificado, mientras hablaba con un sacerdote concerniente a los sacrificios que debían ofrecerse, fué reconocido por algunos judíos de Asia.
Estos se precipitaron sobre él con furia demoníaca gritando: “Varones Israelitas, ayudad: Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, y la ley, y este lugar.” Y cuando el pueblo acudió a prestar ayuda, agravaron la acusación, diciendo: “Y además de esto ha metido Gentiles en el templo, y ha contaminado este lugar santo.”
Según la ley judía, era un crimen punible de muerte el que un incircunciso penetrara en los atrios interiores del edificio sagrado. Habían visto a Pablo en la ciudad en compañía de Trófimo, de Efeso, y suponían que Pablo le había introducido en el templo. Pero no había hecho tal cosa; y como Pablo era judío, no violaba la ley al entrar en el templo. No obstante ser de todo punto falsa la acusación, sirvió para excitar los prejuicios populares. Al propalarse los gritos por los atrios del templo, la gente allí reunida fué presa de salvaje excitación. La noticia cundió rápidamente por Jerusalén, y “toda la ciudad se alborotó, y agolpóse el pueblo.”
Que un apóstata de Israel pretendiera profanar el templo precisamente cuando miles habían venido de todas partes del mundo para adorar, excitó las pasiones más fieras de la turba. “Y tomando a Pablo, hiciéronle salir fuera del templo, y luego las puertas fueron cerradas.”
“Y procurando ellos matarle, fué dado aviso al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalem estaba alborotada.” Claudio Lisias conocía muy bien a los levantiscos elementos con los cuales tenía que tratar, y “tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y ellos como vieron al tribuno y a los soldados, cesaron de herir a Pablo.” Ignorante de la causa del tumulto, pero en vista de que la furia de la multitud se dirigía contra Pablo, el tribuno romano se figuró que era cierto sedicioso egipcio de quien había oído hablar, y que hasta entonces no habían logrado capturar. Por lo tanto, “le prendió, y le mandó atar con dos cadenas; y preguntó quién era y qué había hecho.” En seguida se levantaron muchas voces en clamorosa y colérica acusación; “unos gritaban una cosa, y otros otra: y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza. Y como llegó a las gradas, aconteció que fué llevado de los soldados a causa de la violencia del pueblo; porque multitud de pueblo venía detrás, gritando: Mátale.”
El apóstol se mantenía tranquilo y dueño de sí en medio del tumulto. Su mente estaba fija en Dios, y sabía que le rodeaban los ángeles del cielo. No quería dejar el templo sin hacer un esfuerzo para proclamar la verdad a sus compatriotas, y cuando iban a conducirlo al castillo, le dijo al tribuno: “¿Me será lícito hablarte algo?” Lisias replicó: “¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel Egipcio que levantaste una sedición antes de estos días, y sacaste al desierto cuatro mil hombres salteadores?” Entonces repuso Pablo: “Yo de cierto soy hombre Judío, ciudadano de Tarso, ciudad no obscura de Cilicia: empero ruégote que me permitas que hable al pueblo.”
Concedido el permiso, “Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo.” El ademán del apóstol atrajo la atención del gentío, y su porte le inspiró respeto. “Y hecho grande silencio, habló en lengua hebrea, diciendo: Varones hermanos y padres, oíd la razón que ahora os doy.” Al oír las familiares palabras hebreas, “guardaron más silencio;” y en medio del silencio general, continuó:
“Yo de cierto soy Judío, nacido en Tarso de Cilicia, mas criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel, enseñado conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy.” Nadie podía negar las declaraciones del apóstol, siendo que los hechos que relataba eran bien conocidos para muchos que vivían todavía en Jerusalén. Habló entonces de su celo anterior en perseguir a los discípulos de Cristo, hasta la muerte; y narró las circunstancias de su conversión, contando a sus oyentes cómo su propio corazón orgulloso había sido inducido a postrarse ante el Nazareno crucificado. Si hubiera procurado discutir con sus opositores, se habrían negado tercamente a escucharle. Pero el relato de su experiencia fué acompañado de tan convincente poder que momentáneamente pareció enternecer y rendir los corazones.
Entonces se esforzó por mostrar que su trabajo entre los gentiles no había sido emprendido por su propia elección. El había deseado trabajar entre su propia nación; pero en ese mismo templo la voz de Dios le había hablado en santa visión, y había dirigido sus pies “lejos a los Gentiles.”
Hasta este punto la gente había escuchado con mucha atención; pero cuando Pablo llegó en su relato al punto en que dijo que había sido escogido como embajador de Cristo a los gentiles, volvió a estallar la furia del pueblo; pues, acostumbrados a considerarse como único pueblo favorecido por Dios, no querían consentir en que los menospreciados gentiles participasen de los privilegios que hasta entonces tuvieron por exclusivamente suyos. Levantando sus voces sobre la del orador, gritaron: “Quita de la tierra a un tal hombre, porque no conviene que viva.”
“Y dando ellos voces, y arrojando sus ropas y echando polvo al aire, mandó el tribuno que le llevasen a la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él.
“Y como le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente: ¿Os es lícito azotar a un hombre Romano sin ser condenado? Y como el centurión oyó esto, fué y dió aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? porque este hombre es Romano. Y viniendo el tribuno, le dijo: Dime, ¿eres tú Romano? Y él dijo: Sí. Y respondió el tribuno: Yo con grande suma alcancé esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le habían de atormentar: y aun el tribuno también tuvo temor, entendiendo que era Romano, por haberle atado.
“Y al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por qué era acusado de los Judíos, le soltó de las prisiones, y mandó venir a los príncipes de los sacerdotes, y a todo su concilio: y sacando a Pablo, le presentó delante de ellos.”
El apóstol iba ahora a ser juzgado por el mismo tribunal del que había formado parte antes de su conversión. Ante los magistrados judíos compareció con tranquilo aspecto, y su semblante denotaba la paz de Cristo. “Poniendo los ojos en el concilio—dijo:—Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy.” Después de oír estas palabras, sus odios se encendieron de nuevo; “el príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces a los que estaban delante de él que le hiriesen en la boca.” A su inhumana orden, Pablo exclamó: “Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir? Y los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?” Con su habitual cortesía Pablo respondió: “No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: Al príncipe de tu pueblo no maldecirás.
“Entonces Pablo, sabiendo que la una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, yo soy Fariseo, hijo de Fariseo: de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado. Y como hubo dicho esto, fué hecha disensión entre los Fariseos y los Saduceos; y la multitud fué dividida. Porque los Saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mas los Fariseos confiesan ambas cosas.” Los dos partidos empezaron a disputar entre sí; y de este modo se quebrantó su oposición contra Pablo. “Los escribas de la parte de los Fariseos, contendían diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu le ha hablado, o ángel, no resistamos a Dios.”
En la confusión que siguió a esto, los saduceos se esforzaban en apoderarse del apóstol para matarlo, y los fariseos luchaban con todo ardor por protegerlo. “El tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado de ellos, mandó venir soldados, y arrebatarle de en medio de ellos, y llevarle a la fortaleza.”
Después, reflexionando sobre las arduas experiencias de aquel día, receló Pablo de que su conducta no hubiese sido agradable a Dios. ¿Acaso se había equivocado al visitar a Jerusalén? ¿Le había conducido a este desastroso resultado su gran deseo de estar en armonía con sus hermanos?
La posición que los judíos como profeso pueblo de Dios ocupaban ante el mundo incrédulo, causaba al apóstol intensa angustia de espíritu. ¿Cómo los considerarían estos oficiales paganos? Pretendían ser adoradores de Jehová y ocupar oficios sagrados, y sin embargo se entregaban al dominio de una ira ciega e irrazonable, tratando de destruir aun a sus hermanos que se atrevían a diferir de ellos en fe religiosa, y convirtieron a su más solemne consejo deliberante en una escena de lucha y salvaje confusión. Pablo sentía que el nombre de su Dios había sido injuriado a la vista de los paganos.
Y ahora estaba en la cárcel, y sabía que sus enemigos, impulsados por su extrema maldad, recurrirían a cualquier medio para matarlo. ¿Podía ser que hubiera terminado su obra por las iglesias, y que entrarían ahora en ellas lobos rapaces? La causa de Cristo estaba muy cerca del corazón de Pablo, y con profunda ansiedad pensaba en los peligros de las diseminadas iglesias, expuestas a las persecuciones de hombres tales como los que había encontrado en el concilio del Sanedrín. Angustiado y descorazonado, lloró y oró.
En aquella hora tenebrosa el Señor no olvidó a su siervo. Le había librado de las turbas asesinas en los atrios del templo. Estuvo con él ante el concilio del Sanedrín. Estaba con él en la fortaleza; y se reveló a su fiel testigo en respuesta a las fervorosas oraciones en procura de dirección. “Y la noche siguiente, presentándosele el Señor, le dijo: Confía, Pablo; que como has testificado de mí en Jerusalem, así es menester testifiques también en Roma.”
Pablo deseaba desde hacía mucho tiempo visitar a Roma. Anhelaba grandemente testificar por Cristo allí; pero pensaba que la enemistad de los judíos había frustrado su propósito. Poco se figuraba, aun ahora, que iría en calidad de preso.
Mientras el Señor animaba a su siervo, los enemigos de Pablo tramaban afanosamente su destrucción. “Y venido el día, algunos de los Judíos se juntaron, e hicieron voto bajo de maldición, diciendo que ni comerían ni beberían hasta que hubiesen muerto a Pablo. Y eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración.” Este era un ayuno como el que el Señor, por medio de Isaías, había condenado: “Para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente.” Isaías 58:4.
Los conspiradores “se fueron a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, y dijeron: Nosotros hemos hecho voto debajo de maldición, que no hemos de gustar nada hasta que hayamos muerto a Pablo. Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le saque mañana a vosotros como que queréis entender de él alguna cosa más cierta; y nosotros, antes que él llegue, estaremos aparejados para matarle.”
En lugar de rechazar esta cruel estratagema, los sacerdotes y gobernantes la aprobaron ansiosos. Pablo había dicho la verdad al comparar a Ananías con un sepulcro blanqueado.
Pero Dios intervino para salvar la vida de su siervo. Un hijo de la hermana de Pablo, al oír el crimen que tramaban los asesinos, “entró en la fortaleza, y dió aviso a Pablo. Y Pablo, llamando a uno de los centuriones, dice: Lleva a este mancebo al tribuno, porque tiene cierto aviso que darle. El entonces tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo, llamándome, me rogó que trajese a ti este mancebo que tiene algo que hablarte.”
Claudio Lisias recibió bondadosamente al joven, y llevándole aparte, le preguntó: “¿Qué es lo que tienes que decirme?” El joven respondió: “Los Judíos han concertado rogarte que mañana saques a Pablo al concilio, como que han de inquirir de él alguna cosa más cierta. Mas tú no los creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales han hecho voto debajo de maldición, de no comer ni beber hasta que le hayan muerto; y ahora están apercibidos esperando tu promesa. Entonces el tribuno despidió al mancebo, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto.”
Lisias decidió en seguida trasladar a Pablo de su jurisdicción a la de Félix, el procurador. Como pueblo, los judíos estaban en un estado de excitación e irritación, y los tumultos ocurrían con frecuencia. La continua presencia del apóstol en Jerusalén podía conducir a consecuencias peligrosas para la ciudad, y aun para el mismo comandante. Por lo tanto, “llamados dos centuriones, mandó que apercibiesen para la hora tercia de la noche doscientos soldados, que fuesen hasta Cesarea, y setenta de a caballo, y doscientos lanceros; y que aparejasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el Presidente.”
No había tiempo que perder antes de enviar a Pablo. “Y los soldados, tomando a Pablo como les era mandado, lleváronle de noche a Antipatris.” Desde ese lugar los hombres de a caballo fueron con el preso hasta Cesarea, mientras los cuatrocientos infantes regresaron a Jerusalén.
El oficial que estaba a cargo del destacamento entregó su preso a Félix, y le presentó también una carta que el tribuno le había confiado:
“Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, aprehendido de los Judíos, y que iban ellos a matar, libré yo acudiendo con la tropa, habiendo entendido que era Romano. Y queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos: y hallé que le acusaban de cuestiones de la ley de ellos, y que ningún crimen tenía digno de muerte o de prisión. Mas siéndome dado aviso de asechanzas que le habían aparejado los Judíos, luego al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tienen contra él. Pásalo bien.”
Después de leer esta comunicación, Felix preguntó de qué provincia era el preso, y al informársele de que era de Cilicia, dijo: “Te oiré ... cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le guardasen en el pretorio de Herodes.”
El caso de Pablo no fué el primero en que un siervo de Dios encontrara entre los paganos un refugio contra la maldad del pueblo profeso de Jehová. Impulsados por su ira contra Pablo, los judíos habían añadido otro crimen a la sombría lista que caracterizaba su historia. Además, habían endurecido su corazón contra la verdad y hecho más segura su condena.
Pocos comprenden el pleno significado de las palabras que Cristo habló cuando, en la sinagoga de Nazaret, se anunció como el Ungido. Declaró que su misión era consolar, bendecir y salvar a los afligidos y pecadores. Luego, viendo que el orgullo y la incredulidad dominaban los corazones de sus oyentes, les recordó que en tiempos pasados Dios se había apartado de su pueblo escogido por causa de su incredulidad y rebelión y se había manifestado a los habitantes de tierras paganas que no habían rechazado la luz del cielo. La viuda de Sarepta y Naamán el siro, habían vivido de acuerdo con toda la luz que tenían, por lo cual se los consideró más justos que el pueblo escogido de Dios que se había apartado de él y había sacrificado sus principios a las conveniencias y honores mundanales.
En Nazaret Cristo dijo a los judíos una terrible verdad al declarar que en medio del Israel apóstata no había seguridad para el fiel mensajero de Dios. No querían conocer su valor ni apreciaban sus labores. Mientras los dirigentes judíos profesaban tener gran celo por el honor de Dios y el bien de Israel, eran enemigos de ambos. Por precepto y ejemplo, alejaban cada vez más al pueblo de la obediencia a Dios y lo llevaban adonde él no pudiera ser su defensa en el día de prueba.
Las palabras de reproche del Salvador a los hombres de Nazaret se aplicaron, en el caso de Pablo, no solamente a los judíos incrédulos, sino también a sus propios hermanos en la fe. Si los dirigentes de la iglesia hubiesen abandonado plenamente sus sentimientos de amargura contra el apóstol, y le hubieran aceptado como a uno especialmente llamado por Dios para dar el Evangelio a los gentiles, el Señor habría permitido que lo tuvieran por más tiempo. Dios no había dispuesto que las labores de Pablo terminaran tan pronto; pero no hizo un milagro para contrarrestar el curso de las circunstancias creadas por el proceder de los dirigentes de la iglesia de Jerusalén.
El mismo espíritu conduce aún a los mismos resultados. El dejar de apreciar y aprovechar las provisiones de la gracia divina ha privado a la iglesia de muchas bendiciones. Cuán a menudo el Señor habría prolongado la obra de algún fiel ministro si sus labores hubieran sido apreciadas. Pero si la iglesia permite que el enemigo de las almas pervierta el entendimiento, de modo que se falseen e interpreten mal las palabras y los actos del siervo de Cristo; si se llega a obstruir su camino y estorbar su utilidad, el Señor los priva algunas veces de la bendición que había dado.
Satanás está obrando continuamente por medio de sus agentes para desanimar y destruir a los elegidos por Dios para llevar a cabo una obra grande y buena. Ellos pueden estar listos para sacrificar aun la vida misma por el adelanto de la causa de Cristo; sin embargo, el gran engañador sugerirá o inspirará dudas a sus hermanos concernientes a ellos, dudas que si se abrigan, destruirán la confianza en su integridad de carácter, y así malograrán su utilidad. Demasiado a menudo tiene éxito en acarrearles, por medio de sus propios hermanos, tal tristeza de corazón que Dios en su gracia interviene para dar descanso a sus perseguidos siervos. Después que las manos están cruzadas sobre su pecho exánime, cuando la voz de amonestación y aliento se acalla, entonces los obstinados pueden despertar y ver la magnitud de las bendiciones de que se privaron. Su muerte puede realizar lo que no logró hacer su vida.
siervo33x
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